7/11/2008

Autosuficiente

No es un misterio para nadie el hecho de que las mujeres no somos precisamente fanáticas de los autos. Bueno, obviamente más de alguna mujer tuerca habrá, porque de todo hay en la Viña del Señor. Pero no es la regla. Nosotras, las del sexo débil, nos fijamos más en el color del tapiz que en la cilindrada. Total, mientras ande... Los hombres no entienden este desprendimiento, pero bueno, nosotras no entendemos que se pongan zapatos café con calcetines blancos y ellos tan contentos. Hay muchos hombres que prefieren el auto a la polola. Y para qué entrar en la clásica teoría de la relación inversamente proporcional entre largo de la carrocería y tamaño de los genitales... Lo que está claro es que un auto de esos rimbombantes, tipo Ferrari o Porsche, son como un imán para cierta clase de féminas a las que les importa un pepino si el auto tiene llantas de aleación, pero que saben tasar la billetera del (usualmente) guatón pelado pésimo que está detrás del volante según el modelito del auto. Un auto topísimo es igual a sexo para un hombre. Para nosotras, es la manera de evitarse los piques en micro y la posibilidad de poner el aire acondicionado y la radio a todo chancho, además de llenar la maleta de porquerías variadas. Pero en general el "vehículo particular motorizado" es un absoluto misterio para nosotras. Creo que tendría más éxito abriendo un cuerpo humano que un capó. Si un chanta de garage me dice que a mi auto se le tapó el chicler de baja o le falló la homocinética, no me queda más que creerle. Los hombres seguro moverán la cabeza escandalizados, pero la verdad es que ellos tampoco saben mucho más. Primero muertos que confesarlo, eso sí. En caso de pana abren el capó, murmuran compungidos, se pasean circunspectos, apretan un par de bornes, mueven un par de cablecitos y finalmente buscan a alguien que los ayude a empujar hasta la bomba de bencina más cercana. Pero hay un ámbito en el que ellos (creen que) nos dan cancha, tiro y lado. El famoso cambio de ruedas. No hay que ser un genio, sólo tener fuerza bruta. Pero por la reacción masculina de orgullo y paternalismo que les da cambiar un neumático, cualquiera diría que hay que sacar un doctorado en Física Cuántica antes de siquiera osar pescar una gata. Mi amiga Witch rabiaba contra eso, decía que ella no estaba para depender de nadie, etc. y aprendió a cambiar la rueda (la típica: soltar un poco los cuatro pernos...). En unas vacaciones pinchamos un neumático en plena carretera. Yo altiro propuse parar a alguien para que nos ayudara, pero a ella le bajó la independencia. Se bajó resuelta, sacó gata, llave de cruz y toda la parafernalia. Y empezó a trabajar como loca, cada vez más entierrada y sudorosa. Yo me paseaba por la berma, poniendo una cara digna pero suplicante a la vez (no es fácil lograr eso...). Hasta que paró un camión lleno de tipos musculosos y ansiosos por ayudar. Witch, enfurecida, no quería ceder, pero yo con una sonrisita les dije que le dieran no más. En dos segundos cambiaron la rueda, quedaron llenos de tierra y esa como grasa asquerosa que tienen las ruedas y se fueron jurándose como mínimo el hermano grande de Superman. Witch, furiosa, alegaba que claro, que ahora esos tipos se van a llenar la boca con que las minas no se la pueden solas, que ni siquiera pueden cambiar una rueda... Yo le decía que filo, que en el fondo los usamos bien usados, se entierraron bien entierrados y se fueron bien contentos, mientras que nosotras sabemos que en casos extremos igual cambiamos la rueda, pero si es posible evitarlo y no ensuciarse ni una uña, mejor todavía. De hecho, mi mamá y una amiga (o sea dos señoras respetables, no fisicoculturistas enajenadas ni nada por el estilo) cambiaron una rueda de noche en el Cajón del Maipo, iluminadas con un cabo de vela que ve tú a saber porqué mi mamá guardaba en la guantera.

Pero claro, lo relacionado con el auto no es lo que más nos fascina. Sobre todo ahora que los autos cada vez son más complicados... como cada vez más cosas son eléctricas y computarizadas, si algo falla se va todo a la mierda. Antes las panas eran simples, se solucionaban con métodos artesanales (como la famosa panty remplazando de manera provisoria la correa del ventilador...). Con mis amigas Chasca y Serranidae partimos una vez al norte en una camioneta que se caía de vieja y que se llamaba la Puajj (imagínense aquello). Pues bien, nos dimos cuenta en Antofagasta que el radiador estaba perforado. Pero partimos igual a San Pedro, munidas de bidones de agua, y parábamos cada 50 kilómetros a rellenar el radiador. Problema resuelto. Pero en estas últimas vacaciones, en Alicante, estaba con mi amiga Chasca y no fue tan fácil esta vez. Llegamos al auto de vuelta de una agotadora sesión de shopping, cargadas con ropa, libros, tecitos aromatizados... La Chasca se sienta en el lugar del conductor, mete la llave, la gira... Y la maldita llave literalmente se desintegra entre sus dedos. Era una llave rasca, de repuesto, de esas con plástico negro, no de esas megatecnológicas que abren el auto y prenden la calefacción a distancia. Las piezas se esparcieron por el piso. La volvimos a armar, y el auto no prendió más. Era como si le faltara el último empujoncito: sonaba el contacto, el motor parecía a punto de ponerse en marcha, pero nunca llegaba a sonar "vroumvroum" como debería. Pasamos horas en eso. La Chasca llamó al marido para ver qué hacía y de paso putearlo por no haber llevado el auto a revisión, etc. Por mientras, el estacionamiento se encarecía. El seguro no contemplaba grua, asi que se venía soltar hasta 100 euros por la gracia. El asunto ya tomaba ribetes tragicómicos, con toda la familia de Juanma (marido de Chasca) llamando para dar consejos, el papá diciéndonos que miráramos bajo el capó a ver si no eran las bujías... Y todos, si excepción, pasaban por el "¿y están seguras de que tiene bencina?". Si, nunca tan giles... descartamos también la batería, todo el sistema eléctrico se veía de lo más robusto. Juanma ya se estaba devolviendo del monte donde sacrificadamente trabajaba cuando la Chasca le dice "Ah, y tráete las otras llaves, que esta de repuesto se rompió". Próxima frase que le oigo decir: "¡¿Qué chip?!". Y bueno, resulta que ahora las llaves vienen con un chip para evitar que alguien les saque copia... Y Juanma, atinadamente, preguntó si le habíamos puesto bien el chip a la famosa llave. Tuvimos que devolvernos, buscar por todos lados hasta encontrar un plastiquito negro insignificante, desarmar la llave, poner el famoso chip, rearmar el sistema y listo, el auto partió ronroneando como un gatito. Y claro, Juanma no podía creer que no supiéramos que las llaves tenían chip. Según yo, eso nunca salió en el diario... No veo por qué tendríamos que saber algo así. Yo me acordaba patente de haber mandado a hacer copias de la llave de mi auto. Pero esos días ya han quedado atrás. Ahora cada vez es más complejo. Se suelta un cablecito y listo, el auto no parte más. Pero el no saber esas cosas no es privativo de las mujeres... según mi mini-encuesta, muchos hombres tampoco tenían idea de que las llaves venían con chip. Y Witch lo tenía más que claro.

Otro item de conflicto automotriz es la conducción. Típico cliché, las mujeres manejamos pésimo. Hya una cosa que sí creo que es cierta: muchas veces las mujeres exageran en prudencia, lo que hace que dejen la escoba porque no se atreven a tirarse de una y trancan todo el proceso, arman taco y exasperan a todo el mundo. Y estacionarse no es de nuestras cosas preferidas. Es típico que los autos de mujeres tengan un topón en la puerta del copiloto, producto de esto. Pero los que más se matan en auto son hombres... Ven la carretera como un campo de batalla, lo que a mi parecer es bien absurdo. ¿Cuál es el afán de adelantar a todo el mundo y tratar de meterse en los huequitos más chicos entre dos autos como si fueran en una de esas persecuciones de película? ¿Para qué apurarse si no se está atrasado? Mi ex decía que manejaba bien, lo que en términos generales era cierto. Pero no tan sólo una vez hizo maniobras arriesgadas que nos dejaron a todos los pasajeros con el credo en la boca. Camino a un matrimonio, casi se incrusta en una micro. Íbamos cinco en ese auto... a la fiesta nos fuimos los dos solos, nadie más se quizo subir a nuestro auto de nuevo. Y así muchas... Pero anda a decirle que eso no era manejar bien. Otra vez le dio por adelantar en un camino rural de una vía... en eso viene un auto en contra, terminamos en la berma del otro lado... Con mi papá también nos pasó lo mismo... Con el papá de una amiga casi chocamos de frente con un bus... Cosas del oficio, dicen ellos. Imprudencia temeraria, digo yo. Un choque múltiple con resultado de muerte indica peor manejo que un abollón en la puerta, y eso no hay quién me convenza de lo contrario.

6/14/2008

Tetas

El tema es peliagudo, tiene múltiples aristas. Las tetas son símbolos potentes de femineidad erótica y maternal. Cuando yo era chica, un día le pregunté a mi mamá por qué siempre los pintores pintaban a las mujeres con las pechugas al aire. Mi mamá me dijo que era porque así se acordaban de sus mamás... Freudiana la sacada de pillo. Y lo que es más increíble, no creo que anduviera tan lejos de la realidad. Bueno, de frentón la "delantera" femenina es bastante más que un par de pedazos de glándula cubiertas de pellejo. Es la prueba visible del paso de niña a mujer. Los pelos, olores y demases síntomas no son visibles, en cambio cuando recién te salen las pechugas, no hay nadie que deje de notarlo. Y desde ahí que son tema para nosotras. El primer sostén tiene algo de rito iniciático. Las que tienen muy poco se ponen relleno (en tiempos adolescentes calcetines y hombreras, en tiempos adultos push-up y silicona) y las que tienen demasiado tratan de camuflarlas debajo de sostenes gigantes y arqueando los hombros. Son -lejos- el arma más eficiente de seducción. Un buen escote hace milagros... Ni siquiera es necesaria la abundancia, basta firmeza y buen encatrado. Porque un buen sostén es el mejor amigo de la mujer. Durante la juventud, una se puede dar el lujo de andar sin sostenes y no sufrir. El tejido aguanta hasta viajes en micro sin perder el buen ver. Pero ya con los años el sistema se derrumba. En la treintena pocas son las que pasan la prueba del lápiz. Para los que no sepan, la prueba del lápiz consiste en ponerse bien derecha, y ubicar un lápiz en el pliegue inferior de la pechuga. Si el lápiz cae al suelo, albricias. Pero si se mantiene en su sitio, reprobaste la prueba. Simple y devastador. Pero no hay que desesperar: insisto, con el sostén apropiado se recuperan glorias pasadas. No considero que sea engaño. Claro, el tema puede ser desilusionante para el macho que después de batallar horas con el broche (porque qué manera de complicarse...) logra sacarte el sostén. Pero si ya estás en el punto de no retorno, entonces no se aceptan devoluciones. Mal que mal una se lleva tanto chasco y se queda calladita... Igual, yo creo que hay pocos que frente al momento de la verdad logran hacer un juicio objetivo (al menos según una mini encuesta que llevé a cabo). Aunque al parecer el color del pezón es tema... Pero en general, el sólo hecho de ver una teta hace que los hombres pierdan bastante su objetividad. No por eso vamos a descuidarlas... Se agradecen las cremas para evitar estrías, las duchas de agua fría, los sostenes que levantan el ánimo. Además está el eterno tema del compromiso peso-teta: Las flacas-flacas muy rara vez tienen buenas pechugas (buenas de verdad... no necesariamente grandes, pero llenas y suaves). Y viceversa: una gorda puede tener lindas tetas si no exagera con los kilos, pero como que una buena pechuga se ve opacada si se acompaña con un michelín que le haga la pelea en volumen. Ellas van a la delantera, muestran cómo nos enfrentamos al mundo. Son nuestro propio termómetro, nuetro indicador de desajustes hormonales, hasta varían según el estado de ánimo. No hay teta igual a la otra. Ni siquiera las dos del par son iguales, siempre hay una más grande. Una amiga de una amiga decía que siempre los hombres preferían una de las suyas por sobre la otra. Por eso las bautizó como "Happy Face" y "Sad Face"... jajaja. Son además rarezas biológicas. en los demás mamíferos, las tetas sólo aparecen como tales en período de lactancia. Nosotras somos las únicas en andar siempre con ellas puestas, sin importar el status reproductivo. La idea es ser más atractiva para el macho, sin importar la época. Y funciona. Una buena pechuga vende, sino es cosa de ver cómo son utilizadas en los medios. Expuestas hasta la náusea. Y utilizadas como mercancía por kilo. El boom de la silicona hace que todas quieran tener presas enhiestas e inamovibles, instaladas como rocas sólidas debajo del pectoral. Féminas como Marlen o (pero aún) Adriana Barrientos creen que más es sinónimo necesario de mejor. Como son flaquitas, parece que tuvieran tumores gigantescos, que les fueran a rajar la piel de un momento a otro. Esas niñitas nunca más pudieron tomar sol de guata, o correr sin moretearse la cara y fracturarse la espalda. Aunque claro, como dijo Adriana: "los que dicen que duele la espalda son ignorantes". Será por eso que cientos de mujeres al año se las reducen con isapre por desviaciones a la columna... porque son ignorantes. Pero bueno, esa misma mujer mononeuronal dijo que con sus enormes pechugotas de utilería made in Taiwán se sentía "realizada como mujer". Pucha que necesitaba poquito para realizarse: medio kilo de teta por lado y ya tiene una vida hecha y un lugar en el mundo. No pues: ser mujer es harto más que eso. Si bien las pechugas son símbolo de femineidad, ser mujer no se mide según el tamaño de la copa o el contorno. Ojalá fuera así de fácil...

4/29/2008

Vamos que se puede

Por estos lados hay muchas mujeres musulmanas. Gran parte de ellas lleva el velo que les ordena su religión. En nuestro país son consideradas como mujeres sometidas al dominio masculino, agobiadas por imposiciones ridículas y tabúes varios, fruto de una sociedad tremendamente machista. Ellas no están de acuerdo con esa visión, y pensándolo un poco, nosotras que opinamos tanto estamos viendo la paja en ojo ajeno y obviando la viga en el propio. Obviamente no voy a comparar Chile con algún país sometido al regimen de los talibanes, que impide a sus mujeres ir al colegio o salir solas a la calle. Pero de manera más hipócrita, las mujeres seguimos siendo consideradas dominio del hombre, de una clase distinta, y esa manera solapada de definirnos es aún más destructora porque es difícil de identificar con claridad. Por ejemplo, el Wena Naty.
El escándalo estalló cuando yo ya estaba acá, lo leí en LUN. Mi amiga que vive en España no se enteró. Y cuando la fui a ver hicimos un test de Facebook, donde decía que sabes que eres chileno si sabes qué significa Wena Naty. Como mi amiga se había saltado el escándalo, busqué el video en Google, y ahí estaba, enterito y sin censura. Claro, pendeja tonta, cómo se le ocurre andar haciendo eso a vista y paciencia de sus compañeros, y dejándose grabar la muy pava. OK, se mandó uno de esos condoros que no se repiten en la vida. Lógicamente tuvo duras sanciones. No estoy muy segura, pero creo que hasta la echaron del colegio. Eso no es necesariamente lo indignante. Lo que a mí me saca de quicio es que el niñito que se deja chupar, y que a su vez le chupetea las pechugas con más entusiasmo que técnica a la Naty sigue tan campante. No hubo sanción, ni para él ni para los que filmaron el video(y posteriormente lo repartieron, porque si no no se explica la difusión). Sin embargo ellos participaron igual en el condoro. Pero claro, como son hombrecitos, es natural que hagan esas cosas. En el fondo ella es la corrupta y ellos animalitos que obviamente se dejan hacer, porque para eso son hombres y tienen necesidades. Puaj.
Más reciente, la cajera bonita acribillada por el ex pololo. De nuevo me informé por LUN, del hecho y de los dichos surgidos alrededor. Ella sale de su pega, afuera la espera un hombre que le pega cuatro balazos y se escapa. El hombre resulta ser su ex pololo que posteriormente se suicida. Todo bastante clásico. Pero leyendo la historia, hay cosas que no me parecen muy atinadas. Al parecer él (un tipo feote, con puesto en la feria) la había pateado antes, porque no le gustaba que lo controlaran al perla. O sea se farrea a la mujer más bonita del barrio. Pero bueno, vuelven. Ahora es ella la que termina. Y él, que no soportaba ser controlado, ejerce el control absoluto sobre la mujer. Con esos cuatro balazos resuelve el problema: ella nunca más va a poder actuar libremente, lejos de su control. O mía o de nadie. Y se suicida el muy cobarde. Bueno, el tipo claramente era un pobre tipo, incapaz de soportar la frustración. Lo insólito son las diversas declaraciones de las familias. El hermano de la muerta dice del asesino que no es un tipo malo, que era un caballero. Los caballeros no disparan a quemarropa a las mujeres desprevenidas, eso lo hacen los sicópatas, los hombres malos. La madre del asesino dice que ahora la muerta y su asesino por fin están juntos en el cielo. De entrada, por qué alguien querría juntarse por la eternidad con su asesino... Y si uno mata a alguien, ¿no se supone que es causal de no entrada al cielo? Y para terminar, la guinda de la torta. La mamá de la mujer dice que a ella "la mató su belleza". Porque era linda la mujer. Pero se equivoca la mamá. A ella no la mató su belleza, sino que un tipo perverso, capaz de premeditar el asesinato de la única mujer que había sido su pareja. Porque este asesino tiene que haber tomado la pistola en su casa, y seguramente caminó mucho con la pistola en el bolsillo, quizás hasta se tomó una micro, o se rajó con un taxi. Calculó la hora para achuntarle al final del turno de su ex. Y ahí le metió cuatro balazos sin decir agua va. Ella podría haber sido la mujer más linda del universo, la culpa seguiría siendo del que apretó el gatillo. Pero es más fácil culpar a la mujer por ser linda. Contar la historia como una trágica historia de amor, como si la vida de ella no valiera nada al lado de los celos de su ex.
Y dejé para el último el tema más obvio, tan obvio que casi me da lata mencionarlo. La famosa pastilla del día después. Un grupúsculo de hombres cuasi seniles y otro grupo de hombres célibes deciden la vida sexual de millones de mujeres chilenas. Las musulmanas, debajo de su velo, pueden tomar el anticonceptivo que quieran si tienen el consentimiento del marido. Nosotras podemos estar de acuerdo con la´píldora, y tener el consentimiento del marido, el padre, los hermanos, madre, tías, primos y conocidos, pero no podemos tomar el anticonceptivo que se nos ocurra. O sea, hasta ahora podemos, porque está en farmacias. Si tienes plata tienes libertad. Pero como hasta los carcamales del TC ven que eso es injusto, llegaron a la salomónica conclusión de que entonces se prohíbe hasta para venta en farmacias, y qué jué. No entendieron que el tema es al revés. La igualdad no es suprimir por igual las libertades de todo el mundo. Es dar a todos las mismas oportunidades de acceder a esta libertad. Pero ellos determinan que no es así. Total, ellos no quedan embarazados, ni crían niños no deseados. Si la abstinencia es la gran solución que proponen, pues que se abstengan. Las guaguitas se hacen de a dos. Asi que no le carguen la mata a sólo uno de los participantes.
Es tarea de nosotras cambiar este estado de las cosas. Muchas veces el machismo es amparado por las mujeres, y eso no puede ser. Atornillamos al revés... Si no somos capaces de defendernos, de patalear y de derribar estereotipos y conductas arraigadas, nadie lo va a hacer por nosotras. Y van a seguir muriendo mujeres "por su belleza", se va a juzgar con una vara implacable la sexualidad femenina y se seguirá dando manga ancha a la masculina, van a seguir decidiendo por nosotras y metiéndose en nuestras camas. La protesta por la píldora ya es algo. Pero hay que seguir, no se puede aceptar que sigan pasando cosas así. Se lo debemos a las que nos siguen, nos lo debemos a nosotras mismas. Y vamos que se puede.

1/06/2008

Dos pilas doble A

Últimamente el tema anda en el aire. Está de moda el tema del vibrador, o consolador, o lo que sea de la misma onda. Una amiga de una amiga decía que el vibrador, en este minuto, es un electrodoméstico indispensable en el hogar. Yo no llegaría a tanto, pero cada vez más las mujeres se relajan con el tema y lo toman como algo normal. Pasó de ser tema tabú a ser un tema cotidiano. De hecho, el tema se puso bastante en el tapete con un célebre capítulo de "Sex and the City", en el que Charlotte (la más cartucha del grupo) se consigue un vibrador. Y no cualquier vibrador, la estrella pop de todos los vibradores: un "conejo". Paso a explicar: el "conejo" es un vibrador multifunción. La parte principal efectúa un movimiento de rotación (jajaja, tal cual) y otra partecita anexa vibra y suele tener forma de conejo, o de mariposa, o de delfín, o de gusanito. Bueno, el tema es que al principio Charlotte es medio reticente, pero cuando finalmente lo prueba no vuelve a salir más de su casa, hasta que sus amigas van y le secuestran el "conejo". Yo no lo he probado en carne propia, pero parece que el aparatito realmente la lleva. En el sex shop al que me gusta ir acá (uno muy bonito, topísimo, nada que ver con los tugurios lúgubres de Santiago, http://www.passagedudesir.fr/) hay una expo conejo (con zanahoritas de peluche, jajaja) donde me enteré de la historia del conejito. Fue inventado en la década de los '80 por un japonés llamado Yoki Kamoto (les juro que estos datos son verídicos...), que tuvo que hacerlo con forma de conejo porque en tierras niponas no se puede reproducir la anatomía del miembro masculino. Pero bueno, después de este minuto cultural prosigo. El vibrador realmente es un aparato maravilloso. Mis amigas me regalaron uno cuando terminé con mi novio, y cuando lo probé llegué a pensar que después de eso me iba a costar volver a tener vida sexual tradicional. Es oficial: el efecto es realmente apabullante. Mal que mal, no está en la fisiología masculina vibrar así. Pero no hay que temer. Los hombres son ireemplazables. Con un aparatito no se puede conversar, ni acurrucarse, ni hacer un montón de cosas extra. Pero si una está sola, más vale con un conejo que mal acompañada. De verdad, entre tener sexo "fisiológico" (sólo para sacarse la vena, en el fondo) y un buen conejo, mejor lo último. Más simple, menos peligroso y vas a la segura. Y al final una termina encariñándose. Yo tenía uno que no vibraba que se llamaba Moradín. La historia está en el blog autorreferente. Nunca pude usarlo con mi pareja, porque mi novio ¡¡se puso celoso!! y se sintió gravísimamente ofendido cuando sugerí que lo usáramos. Nadie puede. Igual el tema no es fácil. Todavía hay un prejuicio del tipo "si tienes uno de esos aparatos es que nadie te pesca, o eres una ninfómana, o simplemente estás muy insatisfecha con tu vida sexual". Pero no es así. Es sólo un complemento inofensivo. Y MUY personal. de hecho hay gustos para todo. Desde discretos vibradorcillos hasta aparatos realmente atemorizantes. Esos me cargan: los hiperrealistas de color carne que tienen hasta ¡¡venas!! en relieve. O los llenos de pinchos, que mas parecen aparato de tortura. Pero la variedad es tal, que alguno tiene que haber que se adecúe a las necesidades particulares. Hay algunos bastante amigables, de colores brillantes y diseños infantiles (el mentado gusanito, o un delfín...), de distintos materiales (silicona, plástico, ¡¡vidrio!!), de muy variadas formas... hay uno con forma de patito para la tina, totalmente waterproof, en sus versiones dorada, sadomaso (con mordaza, de color negro, y piercings... jajaja), totalmente gilrlie (rosado con un brillantito Swarowsky y boa de plumas...) y muchas más. El tema es vasto y divertido. En Chile, un muy buen sitio para empezar a conocer el tema es http://www.japijane.cl/. Ella tiene productos Fun Factory, los creadores del gusanito y el delfín, lejos los más amigables del mercado. Y bueno, es cosa de cada una, Tengo amigas que por ningún motivo usaráin uno, ya sea porque les da "cosa" o porque temen volverse adictas...



Les dejo una cancioncilla al respecto. Es de Kany Garcia, una chica de Puerto Rico. Despecho puro... jajaja.

10/14/2007

Lo que queremos las mujeres

Por primera vez en la historia de este blog la imagen que acompaña al texto no es una pinup, ni es de estilo vintage. Esto es porque inicialmente este post se iba a llamar “Yo quiero un espartano”. Claro, fui a ver “300”, y salí convencida que eso era lo que yo quería: nada menos que un Leónidas cualquiera, y que se viera igual de rico en zunga. Un hombre capaz de cualquier cosa, que se la juega a fondo, sin pensar en todas las consecuencias posibles, o al menos no dejándose paralizar por ellas. Los hombres se quejan siempre porque supuestamente somos incomprensibles, indescifrables, y nunca saben lo que queremos. Es extraño, porque desde la perspectiva femenina no es tan difícil saberlo. En el último tiempo me ha tocado ver a mi alrededor varias parejas que se deshacen de un día para otro, después de un montón de años juntos. Y todos tienen un denominador común: la mujer es la que toma la decisión, queda feliz de la vida y al poco tiempo se encuentra otro, mientras que su ex llora por los rincones, pidiendo una explicación. Es por eso que le cambié el título al post (aunque no me resistí con la imagen del espartano, insisto: ¡muy rico en zunga!). Quizás decir que queremos un espartano es un poco mucho. Además, no me gustaría que mi hombre prefiriera irse a que lo maten antes que quedarse conmigo… Pero hay ciertos parámetros de base que hay que conservar. Primero: un hombre debe ser sensible pero no tanto tampoco. Si, está bien, sabemos que por mucho tiempo se han guardado los sentimientos, bla,bla,bla. Pero si ya es desagradable una mina demasiado sentimental, ¿por qué asumen que un hombre igual de sensible es mejor? O sea, años quejándose de los ataques de malgenio y las crisis de llanto, miles de chistes burlándose de las quejas femeninas y huyendo como si vieran al demonio con cada frase demandante del tipo “Tú nunca me dices cosas lindas”, todo para terminar siendo iguales o peores que una mina. Porque a nosotras ya nos da cierto pudor ese tipo de actitudes, pero ahora los hombres las enarbolan tan campantes, después de que les parecían tan desagradables. Eso no quiere decir que queramos a un clon de Terminator a nuestro lado, no sean extremistas. Basta con pensar en qué les desagrada de las actitudes femeninas, y evitar ese tipo de conductas. No sé si han visto “Al diablo con el Diablo”, una película donde la Elizabeth Hurley hace de Diablo. El protagonista le pide ser sensible porque se supone que eso es lo que quiere su amada. Y ¡Zaz! Se transforma en un pelmazo que llora con la puesta de sol. Claramente, la amada se va con el primer tipo insensible y sexista que pasa. Mejor emular a Leónidas, que no teme que una viril lágrima ruede por su cobriza mejilla, pero que jamás andaría llorando a grito pelado porque su mina no lo pesca. Si el hombre se pone demasiado mujercita, entonces chao. Porque para mujeres tenemos a nuestras amigas, con las que además nos intercambiamos ropa. Así que el hombre hipersensible e hiperfemenino siempre va a pérdida. Otra cosa que queremos las mujeres es un apoyo. Y no me malentiendan: un apoyo no es una muleta. O sea, nosotras podemos hacer todo solas. De hecho lo hacemos. Pero cuando estamos mal, un empujoncito (aunque sea mínimo) nos reconforta. Es simplemente estar ahí y hacer que la mujer sienta que puede dejarse ir un rato sin que el mundo se caiga por eso. Un abrazo, o un gesto práctico. El hombre con el que estuve los últimos días antes de venirme me ayudó a ordenar mis compacts y a bajar cajas el día de mi partida, y se lo agradeceré eternamente. Si él no hubiera estado igual yo habría hecho las cosas. Pero qué rico que estaba. Mi amiga Barbaridad lo resumía diciendo que su hombre tenía que ser como un compañero de juegos de esos que uno tenía cuando chica. Alguien que está a tu lado en todas, y que por ejemplo cuando te caes y se te pela la rodilla se va al lado tuyo para que te afirmes en él mientras vas saltando en la pata buena y te lleva donde su mamá para que te ponga un parche curita. Otra cosa que las mujeres queremos es alguien que nos cuide. No un guardaespaldas, sino alguien que nos haga sentir importantes. Mi ex siempre se ponía del lado de la calle cuando caminábamos por la vereda. Eso es algo ínfimo pero que me hacía sentir protegida (lo que es bien ñoño, porque cuando camino sola por lo general me voy por el lado de la calle y nunca me ha pasado nada…). Uno de los llorosos pateados contaba cómo él, comprensivo, había dejado que su mujer se subiera a una tarima en una fiesta y se punteara a otro tipo. Eso no es comprensión, es desinterés. Y pueden estar seguros que su mujer así lo sintió. Si una está mal, una espera que su hombre la sostenga, no que le cargue más la mochila. Ya conozco dos casos dramáticos de mujeres pateadas en el peor momento de sus vidas (de verdad momentos atroces, no onda “ay, es que estaba taaan estresada en la pega”). Mi ex era un astro en eso: si mi vida estaba mal, entonces él se deprimía y al final lo terminaba consolando yo. Mal. Otra cosa a evitar: la inmovilidad. En todos los casos previamente mencionados, los hombres confundieron estabilidad con inmovilidad. En siete años (o cinco, como fue mi caso) una cambia. Y harto. Sobre todo a esta edad que todo es cambio. Pero los machos en cuestión seguían IGUALES. No estables, sino que idénticos. Los mismos problemas, la misma ropa, la misma actitud, los mismos chistes, los mismos carretes… ¡hasta los mismos AROS! Entonces ante cualquier cosa se defienden diciendo “Pero si yo no he cambiado”. He ahí el problema. Y da lo mismo las señales que una les dé, como están tan cómodos en su pellejo inmutable, dicen:”Pero si nosotros no tenemos ningún problema”. Eligen no ver la cara de descontento de sus mujeres, ni oír lo que ellas dicen al respecto. Y después se asombran cuando las mujeres se van. Un amigo decía que hay un proverbio chino que en síntesis dice que en las relaciones siempre hay que dar una cucharada de miel y otra de mierda. Cuidado con eso. Las mujeres tenemos serios problemas para digerir la mierda, y la vamos acumulando hasta que nos llega al cuello. Y entonces dejamos la escoba, y agarramos vuelo para donde nos pille el viento. El hombre, mientras su estado de comodidad sea aceptable, prefiere quedarse tal cual. Y por último, y en este caso hablo mucho por la herida, el hombre no puede ser cobarde. No puede ser que la frase de moda sea “es que me da miedo…” (el compromiso, hacerte sufrir, que me hagan daño… complete la oración). Una amiga ya llevaba diez meses de relación cuando el tipo le salió con que tenía miedo. Será broma… Leónidas no se echaría para atrás ante un desafío tan mínimo como tener una relación con una mujer. O sea, se fue casi que con los puros compañeros de curso a defender el paso de las Termópilas. Dudo que se asustara antes de involucrarse con su reina. Entonces resulta que nosotras tenemos que andar pisando huevos, no vaya a ser que digamos o hagamos algo incorrecto y el pobrecito se asuste. Si es que de verdad se asusta y no es una excusa barata para sacarse de encima a una mina que no le gusta. Pero bueno, hacer eso también es cobardía. La peor de todas: me da miedo hacerte sufrir. Paternalismo y cobardía, todo en uno. Si una sufre, cosa de una no más. Cada cual sabrá en qué se mete. Si de verdad les asusta hacernos sufrir, entonces simplemente no nos hagan sufrir. Pero no determinen ustedes qué es lo que nos duele, porque ustedes no lo saben mejor que nosotras. Es justamente ese miedo el que nos duele, el alejamiento al que nos someten. Yo siempre voy a preferir jugarme a concho y ver qué pasa, a la mediocridad de los encuentros tibios. Eso no quiere decir que muera de amor por cada tipo que se me cruce, y eso pucha que les cuesta entenderlo. Yo puedo entender que alguien no me pesque porque no le gusto. Pero si le gusto y me aleja por miedo a lo que puede pasar después… es como suicidarse para no morirse. No entiendo qué tanto les da miedo. ¿Sufrir? Si no es para tanto tampoco, además que si la mujer está interesada no se puede partir pensando que te va a cagar, o si no mejor métete a cura. ¿Hacer sufrir? No les compro su altruismo, es simplemente deshacerse del cacho. Y por último, si eso es sincero, duele harto más que te rechacen por no hacerte sufrir a que eventualmente las cosas caigan por su peso y la relación se acabe. Mejor que cada uno se rasque con sus uñitas no más. Como ven, no son pocas cosas las que encarna Leónidas. Valor, lealtad, sentimientos sin sentimentalismos, además de su valor agregado, que es (insisto de nuevo) verse MUY rico en zunga. Pero si lo piensan bien, supongo que ustedes los hombres buscan algo similar. Una mujer que no sea insoportable, que los sorprenda, que los apoye cuando lo necesiten, que no sea demandante pero que los pesque, y que se la juegue por ustedes. Nada del otro mundo. ¿O sí?

7/23/2007

Virtual

Un hecho innegable es que hoy día las comunicaciones son cada vez más expeditas, más accesibles y más populares. Todos (o casi…) tenemos celular, teléfono, mail, messenger, webcam, skype, etc. Claramente tanto exceso tecnológico termina por modificar las costumbres y las relaciones interpersonales. Es más fácil comunicarse con amigos que están lejos, con amigos con poco tiempo, con amigos ocasionales y cualquier otra categoría. Y dado que somos animales sociales que además dedicamos gran parte de nuestro tiempo en pensar en sexo y tratar de conseguirlo, obviamente esta gama de medios de comunicación nos abre nuevas puertas para inventar maneras novedosas de relacionarnos. Yo desde muy joven he cultivado la modalidad del sexo telefónico. No es fácil: hay que lograr insinuar sin ponerse de frentón ordinaria o escatológica, hay que ronronear y susurrar sin parecer porno barata, usar cuidadosamente el lenguaje para no abusar del eufemismo, la grosería o el exceso de precisiones anatómicas; o sea es un permanente ejercicio de equilibrista. Pero los resultados son bastante satisfactorios. Una vez estaba con una amiga viendo una peliculita romántica (“La verdad sobre perros y gatos”). En una escena, los protagonistas (que jamás se han acostado) hablan por teléfono y sin casi darse cuenta terminan teniendo sexo telefónico. Con mi amiga enrojecimos al unísono y nos dio un ataque de risa nerviosa. Quedó claro que ambas cultivábamos el género, pero como es un tema bastante tabú, nos dio vergüenza verlo tan expuesto. Cuando era más joven me acuerdo de unas conversaciones subidísimas de tono con mi primer amor de adulta, escondida en la cocina. Más tarde ya fui la orgullosa propietaria de un teléfono propio en mi pieza, así que podía camuflarme debajo del plumón y hablar a horas imposibles. El celular terminó con la necesidad de programarse, de esperar en punto fijo. Es extraño: el pudor desaparece si no te miran a la cara. Es más fácil decir cosas subidas de tono por teléfono. No cualquiera llega y dice sus fantasías así como así, al parecer con un aparato de por medio la cosa sale más fluida. Y además se puede jugar mucho. Yo solía usar el buzón de voz con un amor mío. Si él estaba con el celular apagado, le dejaba un mensajito tórrido y le regalaba mi mejor banda sonora. Así combinaba lo obviamente sexual con el factor sorpresa. Delicioso, y perversillo. El Messenger, que yo habría pensado que era más bien incompatible con el erotismo a distancia (mal que mal te ocupa una mano…) ha resultado ser bastante útil. Una vez incluso me metí a un chat y tuve sexo virtual con un desconocido. Raro, eso sí. Sólo aconsejable como experimentación. Porque dado que uno no conoce a la contraparte, a veces salían unas frases espeluznantes de lo más matapasiones. Casi el equivalente para mujer de la conocidísima frase "Dame tu leshe de guerrero". Tuve también una experiencia algo exótica con una webcam. Me hicieron un show. A pesar de que lo encontré grotesco, tuvo un buen efecto al final. Aunque no me interesa una repetición del acto. Demasiado gráfico para mí. Pero bueno, en gustos no hay nada escrito. El mensaje de texto es bueno también. Cuando se recibe alguno que realmente logra su objetivo, se siente ese vacío en el bajo vientre y ese escalofrío tan exquisito que precede a la calentura. Como canapé de aperitivo es lo mejor. Se puede continuar con el mail, que siempre da un poco de vergüenza. Porque es tan fácil caer en la siutiquería o el mal gusto. Por último, si es por teléfono las aberraciones lingüísticas y las torpezas se atenúan con los sonidos y jadeos propios del género. El temita claramente es amplio, y hay tantas modalidades como personas teniendo sexo virtual. Suena aberrante, impersonal, patético. Pero en verdad es entretenidísimo, emocionante, juguetón. Y puede ser dulce, hasta romántico. Y se necesita una confianza total para disfrutar la experiencia sin que la vergüenza te paralice. Siempre es una suerte tener a alguien que logre encenderte con sólo decirte un par de cosas por teléfono.

Pasatiempos (Elogio de la Soltería)

El otro día, en medio de una sinusitis que me tumbó a la cama y me dejó gangosa de por vida, me dediqué en forma minuciosa a ver completita la cuarta temporada de Sex and the City. En uno de los capítulos hubo algo que me llamó la atención: hablaban de conductas secretas, esas que hacen las mujeres cuando están solteras y que dejan de hacer en cuanto se emparejan y viven con el “pierno”. Había una serie de pequeñas cosas cotidianas que pueden parecer irrelevantes, pero que todas vivimos con el placer de la costumbre. Charlotte, por ejemplo, se miraba por horas los poros en un espejo de aumento. Carrie se instalaba a comer galletas saladas con mermelada en la cama. Y así. Una de las primeras cosas a las que una renuncia son esos pequeños placeres secretos y por lo general ligeramente (o francamente) embarazosos y antiestéticos. A la vez, una de las primeras cosas que una realmente resiente es la pérdida de estos mismos placeres. Una amiga mía esperaba ansiosa a que su conviviente se despegara de ella para poder ponerse máscaras cosméticas y sacarse los pelos de los bigotes con tranquilidad. Yo celebro mi soltería realizando gozosamente estos ritos cotidianos. Por ejemplo: dormir con guantes y calcetines para que se absorba bien una crema humectante lo más espesa posible. Demorarme horas en arreglarme y dejar después toda la ropa tirada en el suelo. O comerme un paquete familiar de papas fritas y un litro de helado a cucharadas metida en la cama y viendo tele. Porque nada más rico que comer papas fritas hasta atosigarse, después darle el bajo a algo dulce “para contrarrestar”, y una vez que una se empalaga de azúcar volver a la sobrecarga de sodio. Y nada más indigno que te pillen metida en la cama, rodeada de miguitas de papas "Lays", con la boca café de chocolate y la mirada extraviada en el fondo de una teleserie cebollenta. Una cosa que al parecer es bastante común entre las mujeres (no he hecho la estadística en hombres) es plantarse delante del espejo e inventar diálogos interminables con otra persona. Por ejemplo, una repite alguna discusión, pero esta vez dice exactamente lo que debería haber dicho, agudísimas observaciones, tallas demoledoras, finísima ironía, etc. Y también una se da el lujo de inventar la contraparte, poniendo en la boca del oponente cosas aberrantes y estúpidas, con lo que una realmente se luce por contraste. Penoso, pero entretenido. O el clásico infaltable de bailar (en pelotas, vestida, en pleno striptease, da lo mismo) delante del espejo. Otros clásicos son colgarse del teléfono con alguna amiga para hablar por enésima vez de los mismos temas sin que nadie te mire con cara de horror por gastar tanto teléfono y llorar con las películas cebollas o (peor) con las series indignas de La Red, onda “Lo que callamos las mujeres”. Nada más rico que meterse en la cama, leer una novelita media porno y dejar que tu mano se deslice como quien no quiere la cosa entre las sábanas mientras se fantasea con algún hombre de buen ver. Y uno de mis clásicos, que me da una vergüenza enorme pero que cada vez que lo hago me hace valorar mi soledad: tomar Coca-Cola directamente desde la botella y después eructar con la mayor asquerosidad posible, buscando siempre nuevas duraciones y sonidos más estentóreos. Cualquier hombre me patea al segundo después de uno de esos. Todas las cosas que he mencionado (y un montón más que se me olvidan) pasan a pérdida cuando una se empareja. Porque los instantes de soledad son cada vez menores, la necesidad de mantener una imagen más digna se incrementa. Debe costar retomar la seducción si ya te vieron con una máscara de palta, la zona del rebaje embetunada con crema depilatoria y el pelo con cachirulos o gorro térmico (el que no sabe qué es eso, que vaya y averigüe). La mirada del otro (sobre todo cuando es tu pareja, con las amigas no pasa lo mismo) te inhibe, te juzga todo el rato. Y de todas maneras una prioriza a su pareja por sobre gases molestos y actuaciones esquizoides. Pero cuando se vuelve a la soltería, la soledad se pone un poco más risueña con cada pequeño pasatiempo culpable. Después de todo, es una lata andar reprimiéndose a cada rato. A valorar entonces el tiempo a solas, y vamos comprando Coca-Cola en botellas para ver quién puede decir la célebre frase "La pelota es mía" con un solo y prolongado eructo.

4/08/2007

El vestido en la cartera


El temita me ronda hace rato. Se decantó gracias a un encuentro de mi amiga Witch con una ex compañera de colegio, ex amiga y otras ex características. En su dedo encandilaba un feroz anillo de diamantes, exhibido como premio por su feliz y satisfecha propietaria. Estamos en una edad donde "la roca" empieza a ser un requisito. Se espera que una mujer encuentre marido antes de los treinta en lo posible, o al menos tenga "algo visto pa' casarse", como decía una conocida. Pero ¿por qué plegarse a esta imposición? ¿Cuál es la gracia de desarrollar una personalidad casamentera y colgarse del cuello del primer candidato que pase? He visto suficientes mujeres con el vestido en la cartera, que saltan como si se les fuera la vida en ello a agarrar el ramo en los matrimonios, que guardan celosamente el anillito dorado que sacaron de la torta y que pueden pasar horas pegadas en la vitrina de la joyería Mosso. Entiendo perfectamente que las parejas enamoradas quieran hacer su relación más profunda, y opten por el matrimonio como una manera de cimentar esta relación. Lo que no entiendo es esa ansiedad por casarse a como dé lugar, en lo posible con un niño bien con un buen trabajo. Lo demás se arregla en el camino, supuestamente. Y te ganas ese lugar en la sociedad, el de "señora", que tan cómodo es. Ya nadie te mira con cara de pena o preocupación, dejan de imaginarse que tu vida es o muy solitaria o una orgía perpetua. Ahora encajas. Adoptas de inmediato el look de señora respetable, nada muy excéntrico, todo muy sobrio. Tu modelo a seguir es ser una versión refinada de la Coté López, la imagen personificada de la metamorfosis post casorio que logró pasar de adolescente toplera chula a vieja chula pero recatada con una pura visita al registro civil. Ya nunca más vas a tener que preocuparte de conseguir pareja para los matrimonios. Y puedes dar consejos irritantes con total propiedad: "Lo que pasa es que con mi gordo somos súper conscientes de que la pareja es un trabajo de a dos, ¿cachai? O sea, hay que ceder en muchas cosas. Deberías tratar de comprometerte de una vez y dejarte de andar perdiendo el tiempo". Puaj. Y resulta que era mentira que el resto se solucionaba solo. Ser "señora de" muchas veces viene con un precio muy alto por pagar. Pero bueno, de alguna forma es una cosa por otra, y ellas verán. El tema con estas mujeres nacidas para ser señoras es que nos dificultan la pista a las solteras. Al haber mujeres de esta calaña se tiende a generalizar y a pensar que cualquier mujer lo único que quiere en la vida es tener una relación significativa con el primer picante que se le ponga a tiro. Así nos enfrentamos a toda clase de humillaciones de parte de estos niñitos que se juran la última Coca-Cola del desierto, que le tienen terror al compromiso (¿y quién se quería comprometer con ellos, en primer lugar?) y que se sienten con el derecho de decir lo que se les pasa por la mente con tal de disuadir a esta mujer que obviamente se tiene que estar muriendo de amor por él. Me pasó con un tipo al que yo de verdad nunca le había encontrado ninguna gracia. Más bien lo contrario. Pero en una fiesta estuvimos los dos en el lugar apropiado y en el momento justo, y pasé la noche con él. Todo para que a la mañana siguiente él me mirara muy serio y me dijera: "Supongo que tú sabes que esto queda hasta aquí, ¿cierto?". Me dieron ganas de jugar un rato y finjir un llanto desconsolado, o poner cara de adolorida sorpresa y preguntarle: "Pero... acaso... ¿tú no me amas?" o algo igualmente sicótico, pero no me dio el cuero. Y cuando le respondí que lo tenía claro y no tenía ningún interés en él, me miró con sorpresa, como si la respuesta sicótica hubiera sido más apropiada. Si ellos no se enamoran, ¿por qué asumen que yo sí me tengo que enamorar? ¿Tan alta opinión tienen de ellos mismos? O peor, ¿tan patética me ven? Y que quede claro, yo no soy de las que por sólo encamarse ya quieren pasar la vida entera al lado del chico de marras, ni lo miro con ojitos brillantes ni le imploro que se quede un ratito más conmigo. Ayer, hablando de este tema con una amiga inglesa, ella nos contaba a Witch y a mí que en Inglaterra es al revés. Son las mujeres las que arrancan a perderse ante la primera muestra de intimidad. O sea que no es intrínseco al género esto de arrancarse o perseguir. ¿Por qué tanta ansiedad? Otra amiga está hace rato ya con un tipo que dice que no está listo para comprometerse. Pero en la práctica se ven todos los días, duermen juntos, la llama todos los días por teléfono y seguramente se le caería el pelo si ella se encuentra a otro. Entonces ¿cuál es la diferencia con el compromiso? ¿El nombre? Nos enredamos en reglas tontas, sobrepensamos las cosas y dejamos de lado lo que de verdad importa: disfrutar al otro como venga, sin tanto chicharreo entremedio.

3/10/2007

Despedida de soltera


Las despedidas de soltera son una cosa bastante extraña. Es en definitiva algo así como una oda al falo nunca antes vista. Globitos, tortas, cornetas (era que no), pajitas (también era que no), chocolates, velas, cintillos, reproducciones escultóricas del falo. Concursos de "Póngale el (miembro viril) al burro". Toda una parafernalia falocrática. Y todo esto aderezado por mujeres en manada, gritando, haciendo sonar sus cornetas, etc. Esta despedida de soltera se podría entender en sus orígenes como una especie de rito de fertilidad para la nueva novia, que quizás ni le conocía la cara al aparato aquel. O como una iniciación a los misterios del matrimonio por parte de mujeres mayores. Pero ahora es una bacanal pura y dura, y muy divertida por lo demás. O sea, un grupo de mujeres alcoholizadas alrededor de una novia con un pene en la cabeza es por lo menos surrealista. Hasta acá todo bien. Pero algo como que falta, una sensación de vacío que se acaba con la aparición del personaje central (más que la novia, incluso) de muchas de estas despedidas: el nunca bien ponderado Vedetto (por favor, nótese la doble t). Hay dos opciones: ir al vedetto o que el vedetto venga a ti. En la primera, la manada femenina se desplaza hacia la periferia donde se realiza el show. Una vez en el antro, al lado de una serie de otras manadas iguales a las de una, sigue la alcoholización. Hasta que aparecen ellos: uno por uno van supuestamente cumpliendo nuestras fantasías eróticas. Todo muy gringo: si una tiene la fantasía de tirarse a un bombero o a un monje franciscano, un vedetto de colaless reluciente no va a cumplirla. Aunque el vedetto se vista de policía, vedetto queda. Empieza el griterío, la falsa excitación. Porque ni en bandeja nadie andaría con un mino que usa calzones más chicos que una misma. Pero es gracioso igual, y por un ratito una se la cree, se cree que el Neo de Matrix en colaless plateado realmente es lo más rico que se ha visto, y no sólo eso: además quiere contigo. El item vedetto a domicilio es bastante más impresionante. Porque ver a un tipo contorsionándose delante de 14 minas en un living de 4x3 es todo menos erótico. Pero igual es divertidísimo el show, el desodorante Axe Musk, el colaless, la novia con cara de horror mientras el profesional le bambolea el paquete en la cara. Una cosa que me llama la atención es la inversión de roles clásicos. Ahora el hombre no es más que un objeto desvalido entre tanta fémina buena para el agarrón. Y no sé si me gusta. O sea, en algo da la sensación de igualdad que ahora tanto hombres como mujeres podamos cosificar al otro, pero claramente sería mejor obtener igualdad para el otro lado. No es tanto el hueveo inofensivo, que por último igual hasta el chiquillo lo pasa bien, pero esa onda de "si ya le pagamos, que se aguante los agarrones" la encuentro un poco mucho. Y sólo por el gusto de humillar, porque placer sexual cero en agarrarle el poto a un tipo que te baila al frente. Yo soy acérrima defensora de la despedida con vedetto. Son divertidas, se genera un ambiente de carnaval impresionante. Pero hay que acordarse que el tipo hace una pega, y ya por eso merece respeto. Aunque claro, qué sabe una. En una despedida una de las asistentes contaba la historia de otra despedida donde el vedetto se enojó porque según él las minas eran muy cartuchas. Sus palabras casi exactas fueron: "Ssshi, si a mí en otras comunas hasta me han hecho sexo oral". Fue despedido altiro. O sea, quiere que le paguen Y que se la chupen... el sueño del pibe.

Si alguna planea una despedida y no quieren pastelitos como el chiquillo anterior, recomiendo www.vedettoschile.cl


1/21/2007

El día después de mañana


Tengo una amiga muy querida que tuvo un percance tenebroso. Se le rompió el condón con una pareja algo tránsfuga. Todo mal. Y claro, justo-justo había dejado las pastillas por primera vez en dos años. Pero, responsable ella, tomó inmediatas cartas en el asunto. Dado que el galán de marras tenía que marcar tarjeta, ella fue solita al hospital Salvador para pedir la famosa pastilla del día después. Y ahí empezó el show. Al llegar le dijeron que la famosa píldora costaba $18.000 (cuando por política de gobierno debe ser entregada en forma gratuita en consultorios). Para colmo de irregularidades, sólo aceptaban efectivo o cheque y ella no tenía toda la plata, así que le aceptaron $15.000, sin boleta. O sea, la señorita recepcionista se embolsó quince lucas con la angustia de mi amiga. Después la hicieron pasar con un médico que la humilló innecesariamente. Un tipo joven, de más o menos 35 años. La trató todo el rato como a una delincuente, le preguntó por qué estaba ahí, ella dijo que por ruptura de condón, y el tipo resopló "sí, claro, seguro". No le creía, porque según él estaba lleno de niñitas que usaban la famosa píldora como método anticonceptivo. De verdad la trató pésimo, cuando ella preguntó si la pildorita tenía efectos secundarios casi le ladró que obvio, si era una bomba de hormonas. O sea, tú la maldita perra bastarda que vienes a pedir esta pastilla. Mientras el angelito de Dios que había comprado condones charchas dormía el sueño de los justos. La verdad es que el tipo no tenía mucho que ver en esto, pero es la idea que por el mismo acto sólo la mujer se tenga que enfrentar a esto, a las humillaciones de cualquier imbécil con título por hacer lo que está bien. Porque si ella se hubiera acobardado ante tanta hostilidad, no habría sido el médico el que cuidara esa guagua. Y si a él se le hubiera roto un condón, por cierto no habría tenido ningún asco en conseguirse una pildorita del milagro. Lo que más me indigna es que se sigue estigmatizando a las mujeres, cuando el temita es de a dos. Y hasta cuándo la revuelven con la famosa pastilla, si NO ES ABORTIVA. Impide la fecundación. Pero pongámonos en el caso de que efectivamente lo que impidiera fuera la implantación: los DIU (Dispositivos Intra Uterinos) hacen eso, es totalmente sabido su mecanismo de acción, y nadie se espanta. Claro, gran cantidad de nanas tienen ese dispositivo, imagínenese la debacle en esos hogares Opus si la María queda embarazada, horror. Ahí nadie alega. Pero si alguien responsable toma medidas frente a una situación indeseada como es la ruptura de un condón, o incluso una irresponsabilidad producto de estar ebria hasta la inconsciencia, porque de los arrepentidos es el reino de los cielos, queda la escoba. Porque el tema es que si una ya fue irresponsable, ¿la idea es que de castigo tenga una guagua no deseada? Tóxico para la madre y para la guagua. Yo soy contraria al aborto. Por eso apoyo todos los mecanismos que impidan un embarazo. Pero si vas a sancionar el aborto, por un asunto de moral hay que facilitar los medios para prevenir un embarazo que probablemente termine en eso, con el riesgo para la madre y con la obvia eliminación de un embrión ya formado. Si no eres capaz de asegurar eso, no te quejes de los abortos posteriores. Claro, está la abstinencia, pero es bastante impracticable. Para variar el hombre ahí sale jabonadito. Y después tiene el tupé de juzgar a las mujeres. Hasta cuándo vamos a ser minoría, si somos el 50%. Hasta cuándo vamos a aceptar medidas inquisitorias. Porque aquí "el que menos puja caga un ancla al revés", como tan finamente decía mi abuelo marino. Los que más opinan son hombres célibes. Ya pues, las mujeres tenemos que dejar de ser tan pasivas. Imagínense que esta historia del principio le pasó a una amiga mía, de muy buen nivel educacional, de 28 años. Es cosa de sumar 2 + 2 para saber qué siente una niña de 16 cuando la tratan así. Y ese es el grupo de mayor riesgo. No aceptemos más juicios, que se metan en nuestros úteros como Pedro por su casa. Mujeres del mundo, uníos. Ya, y la corto. Me pasé para panfletaria.



Por si acaso, en mis links está "Anticoncepción de emergencia", un sitio del ICMER (Instituto Chileno de Medicina Reproductiva).

12/23/2006

Jingle Bells

Es época de Navidad. Y me encanta. Amo comprar regalos, me fascina hacer regalos con mis propias manitos, me trastorna pensar en qué me van a regalar a mí. Armo arbolito, pongo un adorno navideño en la puerta. Envuelvo mis regalos. O sea, full espíritu navideño. Hasta he hecho galletas... Por eso me cuesta entender el sentimiento generalizado de odio a la Navidad. Ese dejo amargo de decir que la Pascua es puro consumismo. Esa frase de "la Pascua es para los niños". No hace mucho nosotros éramos niños. Y si ya fue hace demasiado, esta es la época ideal para reconectarse con esa parte de nuestra infancia, esa que esperaba las 12 con los ojos brillantes, mirando el cielo para ver el trineo del Viejito Pascuero. Porque la Pascua es para todos. Claro, entiendo el concepto de lo apestoso que es bancarse horas y horas de taco a 30ºC (de hecho llegué media hora tarde a una entrevista de pega porque quedé atrapada en las inmediaciones del Apumanque) y andar en medio de un rebaño humano en los malls. Además, es increíble la cantidad de regalos cacho que uno se tiene que embuchar, onda los conserjes, la peluquera, el amigo secreto, el sobrino de la amiga de la mamá, cosas así. Pero hay que enfocarse en lo bueno. En la posibilidad de regalarle el regalo justo a alguien que quieres. En recibir eso que querías de manos de quien te quiere de vuelta. En lo linda que se ve la calle Pedro de Valdivia de noche, con los árboles llenos de lucecitas blancas. En comer rico rodeado de tu familia o amigos. En lo entretenido que es abrir regalos, aunque sea un par de calcetines. En el calorcito con brisa de las noches de Diciembre. Por eso hay que dejar de lado al Grinch que amenaza con salir cada vez que tenemos que hacer cola para pagar en alguna tienda. Para recuperar esa alegría que teníamos de chicos. Un día de Julio, cuando tenía como 5 años, me asomé a mi ventana y vi al Viejo Pascuero. Estaba agachado, mirando por la cerradura de mi casa, y detrás de él estaba el trineo con los 6 renos, moviendo la cabeza, inquietos. Supongo que lo soñé, o aluciné. Pero todavía me acuerdo de la emoción inmensa que sentí. Por eso creí en el Viejo Pascuero hasta como los 10 años, defendiéndolo a brazo partido de mis compañeros más escépticos. Cuando dejé de creer, igual esa emoción se me quedó grabada. Y de ahí en adelante siempre me gustó esta época, las Pascuas multitudinarias en la casa de mi abuela. Este año es el primero sin mi preciosa abuela, a ella también le gustaba la Navidad. Hacía queques, jaleas, kuchenes de guinda negra. Sé que me va a dar una pena enorme no estar con ella, no poder regalarle algo. Pero aquí siguen mis otros seres queridos, mis sobrinos, mis hermanas, mis papás. Todos. Por eso, les deseo a todos los que van a leer esto una muy feliz Navidad. Porque yo sé que la mía va a ser feliz.

12/13/2006

El Verano, Parte III - El regreso de la lechuguita


Después de mucho tiempo sin actualizar, vuelvo con la tercera parte y final de esta saga. Como podrán adivinar, se viene en el ítem "Dietas". Según leía, más del 80% de las mujeres hace o ha hecho dieta en algún momento. O sea, mucho. Hay que hacer dieta, se ve casi como símbolo de status. Ser gorda a estas alturas ya se ve como ser mala persona, una tipa indolente y de poca voluntad, alguien con serios problemas emocionales y que pone en peligro extremo su salud. Injusto, peor es fumar pero eso sí que pasa piola. Por esa carga esque tarde o temprano hasta la más flaca se mete en una dieta. Dietas hay tantas como mujeres en el mundo. Algunas tan sui generis como la dieta de la pizza y el helado (sip, justamente, pizza y helado... no sé por qué pero no me tinca muy efectiva). Otras tan salvajes como la dieta de la Fuerza Aérea. No sé ustedes, pero yo ni muerta me subo a un avión piloteado por un tipo que desayunó café con edulcorante y almorzó un huevo duro y un tomate. En cualquier minuto al piloto le da la pálida y de ahí a terminar en onda "El milagro del Los Andes" hay un puro pasito. Mi hermanastra tuvo que hacer una dieta tipo Atkins, de sobrecarga de proteínas. Desayunaba bistec con huevo... puaj. Igual bajó, pero imagino que sus arterias deben de haber quedado bastante más acolchonaditas. Y después, por cierto, volvió a subir. Otra amiga se hizo la famosísima dieta de la sopa, que te tiene comiendo sopita con repollo todos los días. Resultado: tenía la guata tan hinchada que parecía un zeppelín, y más encima se tiraba unos peos terroríficos. Mi hermana decidió hacer las cosas bien, y fue a un nutricionista. Éste le dio tres listas: una roja (con alimentos prohibidos como chocolates, etc), una amarilla (con alimentos para comer con moderación, como pollo, tomate, etc) y una verde para comer a destajo. Por supuesto, la primera que estudiamos fue ésa, para saber con qué podíamos patachear. Y bueno, ahora sabemos que si una quiere comer sin parar kilos de canela u orégano, lo puede hacer sin remordimientos. Y sería. Yo también fui a un nutricionista. Impecable la dieta: casi sin restricciones, una maravilla. Y bajé 5 kilos en un mes. El tema es que era con pastillitas, y la verdad es que me dejaban hiperactiva, parecía perro poodle con hiperkinesis. Así que las dejé, y subí de nuevo mis 5 kilos regalones. El encantador efecto yo-yo, que te deja con estrías y la sensación de una batalla perdida. Una de las dietas más bonitas por lo esotérica es sin duda la dieta de la Luna. Supuestamente si uno ayuna cuando la Luna está en una fase particular, baja entre 1 a 3 kilos en un día, peso que no se vuelve a ganar "salvo algunas excepciones" (sacado de http://www.lasdietas.com.ar/General.htm). O sea, jajaja. Mula. Otra que supuestamente funciona es la antidieta, o sea no mezclar carbohidratos con proteínas. Adiós al bistec con papas. Pero la verdad es que todo el discurso seudocientífico detrás pesa menos que paquete de cabritas (que podrías comer siempre y cuando no las acompañes con un pedazo de salame). Y así miles de dietas, algunas fantasiosas y otras más aterrizadas. Y al final el tema es simple: no hay que comer cochinadas. Si hay que comer, que sea cazuela y no Mc Burger. No a los Super8, papas fritas, copete, cochinaditas varias llenas de azúcar y grasa. Suena fácil. Hasta que camines delante del próximo kiosko o vayas al próximo bar. Total, un Trencito casi no engorda, ¿cierto?

10/25/2006

El Verano, parte II - La celulitis contraataca


Siguiendo con esta saga de terror, el item de la celulitis y el "contorno corporal" se impone. Es en esta época cuando, corcheteados con los folletos de bikinis, vienen los folletos dedicados a la Semana de la Belleza. Si uno abre ese catálogo encuentra dos o tres sombras de ojos, algo así como cinco rouges, bastantes autobronceantes y una avalancha de cremitas para la celulitis. Se capta el mensaje: con celulitis no eres linda. Lo más triste de todo esto es que cerca del 80% de las féminas, gordas y flacas, tenemos celulitis. De hecho unos científicos por ahí discutían si nombrarla como un carácter secundario más, junto con los pelos de las axilas y la barba de los hombres. O sea, de nuevo luchando con la naturaleza. Pero bueno. Abrimos el catálogo de colores brillantes y textura satinada, y empezamos a leer mil nombres de fantasía: Lipofactor, Lipidiose, Abdochoc, Celulichoc, Slimm Gel, Celluli-Zone, Lift Minceur, Lipocure, Systeme Minceur, Perfect Slim, Slim Success, Good Bye Celulitis... Y así se podría seguir por horas. Todas las cremas carísimas, a excepción de una o dos cremitas que dan mala espina. Todas prometen sacar lo que ha estado ahí hace milenios y que ni horas de gimnasio ni dietas exhaustivas han logrado erradicar. Y si una lee los efectos, es algo así como "Reduce 1,9 cm (¡¡¡1,9 no es nada!!!) en un mes, testeado en 20 mujeres". O sea, la nada misma. Y usan palabras tan asquerosas como "desincrustante". No puedo dejar de imaginarme sacándome pelotas de grasa dura con un cuchillito cuando leo esa palabra. Pero inevitablemente una cae, al menos una vez en su vida. Empieza súper aplicada, con los 10 minutos de masajes circulares reglamentarios. Pero a la semana ya dio lata masajearse tanto, la crema pasa al olvido y se le empiezan a formar depósitos de crema seca en la tapa. Y ahí empieza el letargo del frasquito de anticelulítico, hasta que se reanuda la sicosis del "tratamiento". Pero ya la crema no es la misma, ya no tiene el mismo olor ni textura, y la celulitis sigue tan campante. ¿Será porque una no fue constante en la aplicación? ¿O simplemente por que no sirven? Me inclino por la última. Se supone que tomando 8 vasos de agua diarios, eliminando las bebidas con gas y la cafeína se atenúa la celulitis. Entonces aparecen en Octubre manadas de mujeres con la botellita Cachantún rellenada con agua de la llave, tibia, con gusto a cloro, y vamos tomando agüita. Y con el tema de las bebidas, ahora resulta que la CocaCola Light también es pecado... Aunque hasta el momento nadie logra explicarme cómo el gas carbónico pasa al torrente y llega directo a la grasa para inflarla e "incrustarla". Otro ítem aparte son los drenajes linfáticos, dolorosos y caros. O la endermología, donde te encuelven como a un wantán y después te pasan unos rodillos que te amasan las presas. Todo carísimo. ¿No saldrá más fácil aceptar que una es así no más, con celulitis? Total, nunca es para tanto. Las que más se quejan son las que menos tienen. Además, todo es cuestión de moda. En la literatura erótica clásica se habla seguido de "los hoyuelos de sus nalgas". Esos hoyuelos no eran otra cosa que alegre y danzante celulitis. Así que dejemos de gastar plata en cremitas que ni siquiera sirven, y listo. Total, así no más estamos hechas. Es lo que hay.

9/30/2006

El Verano, parte I - Buscando el trajebaño ideal

Si, ya se acerca. Casi está con nosotras. Es El Verano, época donde nuestros pecados se exponen en forma de blanca carne fofa. Porque el principio del verano es harto más inclemente, cuando la piel muestra cada mínima imperfección con rigurosidad cirujana. Después el suave color dorado de la piel expuesta a los UV hace que la cosa se ponga menos dramática, y el rollito ya pase algo más piola. En esta época empieza la sicosis preveraniega postdieciochera. Es cuando los agricultores que cultivan lechuga vuelven a sentir que le dieron el palo al gato. Donde las mujeres entran en una compulsión anticalórica. Y donde los hombres siguen como si nada, total, ellos no tienen para qué ser flacos si gordos igual les va bien. Los catálogos de las grandes tiendas empiezan a mostrar mujeres bronceadas a punta de yodo en bikinis diminutos y bellísimos. Todo por $3.990. Y allá parte una, rogando porque esta vez no TODOS los bikinis sean a la cadera talla S, porque ni a las adolescentes raquíticas les quedan bien. Falsa esperanza: la moda es la moda. Así que empieza la batalla campal con alguna otra fémina de contextura robusta, todo para quedarse con el modelito pantaleta que no te hace rollo en color calipso con las costuras a los lados para evitar la temida y muy poco fina "pata de camello". Finalmente una lo logra, alcanza ese bikini bello y sentador, y entra al probador. Yo no sé en qué piensan en esas tiendas. Entre la incomodidad de probarse un bikini con calzones y el asco que da ese plastiquito autoadhesivo en "esa" zona, estos tipos nos torturan a punta de luz. Sí, porque la luz cenital en tonos fríos de los probadores de bikinis hacen que la celulitis resalte en la piel blanca como si fuera un close up de algún congreso dermatológico. Deprimida, una se va con lo que menos mal le queda. Claro, porque la cosa da para mucho. Si una está pasada de peso, ¿se tiene que poner bikini o trajebaño entero? No es fácil. Uno pensaría que el enterito disimula, pero no. Aplasta las pechugas hasta formar una masa, pone en relieve los rollos gracias al indisimulable brillo de la lycra, y si es muy grande de atrás hace que el poto parezca una carpa de circo. Por último el bikini logra obtener clemencia, siempre es más honesta la piel al desnudo. Pero de nuevo, ¿bikini grande o chico? Porque el grande también tiene el desagradable efecto carpa de circo, donde da la impresión de que se usaron miles de metros de tela para cubrirte el 10% de tu anatomía. Pero los chicos se incrustan, formando rollos donde habitualmente no los había. Un desastre. Por suerte todo eso se olvida en las vacaciones, donde en el fondo por mucha charcha que cuelgue una se siente regia estupenda saliendo del mar, de color dorado fascinante y con el pelo medio rucio y enmarañado de sal. Y si no, por lo menos logramos meternos al mar o a la piscina. Y al que no le guste, que mire para otro lado.

8/30/2006

Caramelo hirviente


Últimamente me ha tocado escuchar varias conversaciones acerca de un tema netamente femenino: la depilación. Acá nadie se la cuestiona, no se ve como un plus, es simplemente lo mínimo que se le pide a una mujer: piernas suaves y lampiñas, axilas prístinas. Lo que la mujer haga para lograrlo a nadie conmueve. Pero perdónenme: la depilación con cera DUELE. La Silkepil parece inventada por la Inquisición española. De hecho, a mí me duele más la Silkepil que cuando me hice mi tatuaje. Y la Gillette es de cortísimo alcance: a los dos días una tiene más cañones que la Segunda Guerra. Desde los tiempos en que las árabes se depilaban nada menos que con caramelo (auch) hasta hoy no hay mucho nuevo bajo el Sol. Las quemaduras son frecuentes, resultando en la pérdida de la epidermis completa. De verdad, la dermis queda expuesta. Cuando se quiebra la cera por impericia de la depiladora es como para llorar. Yo tengo una No!No!, pero igual es pajera. O sea, un desagrado total. Hay muchas de mis congéneres que opinan que no duele nada, que lo hacen por ellas, etc. Pero si se tuvieran que ir a una isla con puras mujeres, ¿empacarían Gillete o cera Veets? Yo creo que no. Es muy molesto. Pero claro, es EL MÍNIMO que los perlas exigen. Si fuera al revés, apuesto a que no nos pescarían ni en bajada a por ejemplo depilarse la espalda (tipo el mino de Charlotte, de Sex and the City). Hay una tendencia a cuando una ya lleva muuucho tiempo emparejada y es invierno, a dejarse estar y transformarse en King Kong invernal. Una vez leí que la mujer casada que se empezaba a depilar en invierno era porque inequívocamente tenía amante. Pero bueno, piernas y axilas ya están integradas en nuestro disco duro social. Pero ahora se viene la nueva tendencia: ¡Depilación total de "esa" área! No rebaje, total. Mohicano, o brasilera completa (actualmente apodada la "Telly Savalas" por culpa de una comedia gringa). Claro, total, a ellos no les pica cuando crecen los pelos, ni se queman con la cera, etc. Supe este fin de semana que existe un tipo que opina que todas las mujeres deberían estar perfectamente depiladas ahí mismo, que es el mínimo cuidado, etc. etc. Y él, para no ser menos, se afeitaba los testículos para verse "aseadito". Sólo como dato, tiene 44 años y ya se ha separado dos veces. ¿No será musho? ¿No basta ya con la tortura cíclica de piernas y axilas (y otras partes según el nivel de vellosidad de la dama)? Por favor, ¡dejemos de sumar imposiciones pelotudas a nuestras vidas! Eso de que para ser bella hay que ver estrellas dejémoslo en el pasado. O tarde o temprano a alguien se le va a ocurrir de que es sexy arrancarse las uñas de raíz, y ahí sí que las vamos a ver negras.

8/15/2006

Chico malo

Supongo que les pasa a muchas, pero yo no me puedo resistir a un chico malo. Esos eternos lobos esteparios de mirada dura y mandíbula cuadrada, que primero son capaces de cortarse una mano antes de dar muestras de debilidad. Por lo general son antisistema, antipinochetistas, anticoncertacionistas, anticapitalistas, anticomunistas y cualquier anti que a uno se le ocurra. Es inevitable querer ser cobijada en su pecho enfundado en una chaqueta de cuero bien usada, con un dejo a tabaco y alcohol. Querer tirárselo en un motel barato, tipo película gringa, y aullarle juntos a la Luna llena. Sentirse protegida por este tipo duro, bello. Escandalizar a familiares cercanos y lejanos, clavarle las uñas en su espalda fibrosa para dejarlo marcado, para que no se te vaya a ir en alguna de sus noches de juerga. Estos hombres no te invitan: esperan que tú pagues por el privilegio de ser la elegida de la noche. Cada muestra de cariño de estos tipos vale por ocho del resto, por lo escasas. Esos instantes breves en que te miran fijamente a los ojos, y con su voz más profunda te dicen: "Me caes bien", porque parecen ser incapaces de verbalizar algo más comprometido que eso. Y claro, una la tonta llega a tiritar de la emoción. Porque ÉL, el chico malo, te pesca. Nos compramos completo el cuento de que en el fondo los americanos son dulces. Y es verdad, en el fondo son dulces, no son más que niñitos que juegan a ser "chori". Pero no son mucho más que eso, y al final es una la que los protege de este mundo malo que les exige trabajar y apoyar a su pareja. Después de su diatriba antisistema nº 678, ya una los empieza a encontrar un poquitín pegados. Cuando no son capaces de nada por estar carreteados, una ya se empieza a aburrir de tanto rock. Y termina dándose cuenta de que su parada antisistema es simplemente la defensa ante su propia incapacidad de adaptarse a algún sistema, sin importar cuál. Y el tiempo pasa, la chaqueta de cuero le empieza a quedar apretada, y en vez de parecer un rebelde sin causa entra en el ítem Negro Piñera. Bajo su cuadrada mandíbula cuelgan charchas de grasa, y entra definitivamente en la decadencia del chico malo. Queda "marlonbrandeado", por decirlo en palabras de una amiga. Pero sigue gritándole a los cuatro vientos que su libertad es lo más importante, y ya no queda nadie alrededor para escucharlo.

8/01/2006

Bésame mucho


Qué cosa más rica que los besos. Besos, besotes, besitos, besos con lengua, sin lengua, esquinaditos. Y tan escasos que son. Cuando uno ya lleva mucho tiempo con alguien da muchos besos, pero pocos memorables. Mucho besito de buenos días, de buenas noches, castos besitos cariñosos. Pocos besos de esos que parecen acabar con la respiración para siempre. Y si una está soltera conseguir besos tampoco es fácil. O sea, técnicamente es facilísimo, pero es difícil encontrar a alguien que deje su huella. Pero la búsqueda es tan entretenida... Cuando chica era todavía más fácil. Bastaba que pusieran "Juego de Seducción" de Soda Stereo, o algún lento, y listo. El galán de turno estaba cocinado. Echo de menos esas épocas livianas, de besuqueos sin mañana. Sin siquiera pensar que la cosa podía llegar a mayores, sin pensar en moteles, ni departamentos, ni siquiera en rincones oscuritos. Únicamente el placer de esperar el beso, de mordisquear suavecito labios ajenos. Rico. Conversando con otras mujeres hemos llegado a la conclusión de que se pueden perdonar muchas cosas en un hombre: falta de tino, barseos varios, incluso la tan temida falta de "equipamiento". Pero que no sepa atracar como Dios manda, eso es imperdonable. Sobre todo a estas alturas, donde la mala técnica no se le puede achacar a la vergüenza, la poca experiencia o los frenillos. Con un puro beso una ya sabe cómo va a ir la cosa. O al menos lo puede suponer. Y si el hombre es "el Hombre", la cosa se pone mejor todavía. Nada mejor que esos besos esperados, de abrir la puerta y tirarte encima de alguien que amas o al menos te gusta mucho, y sentir cómo se te aflojan las rodillas y te transformas en un puro beso. Y bueno, para terminar esta romántica reflexión (no sé qué me pasa que ando tan cargadita al azúcar) copio sin asco al copyright este capítulo de "Rayuela", de Cortázar, uno de mis libros favoritos. Disfrútenlo.

Capítulo 7


Toco tu boca, con un dedo toco el borde de tu boca, voy dibujándola como si saliera de mi mano, como si por primera vez tu boca se entreabriera, y me basta cerrar los ojos para deshacerlo todo y recomenzar, hago nacer cada vez la boca que deseo, la boca que mi mano elige y te dibuja en la cara, una boca elegida entre todas, con soberana libertad elegida por mí para dibujarla con mi mano por tu cara, y que por un azar que no busco comprender coincide exactamente con tu boca que sonríe por debajo de la que mi mano te dibuja.

Me miras, de cerca me miras, cada vez más de cerca y entonces jugamos al cíclope, nos miramos cada vez más de cerca y nuestros ojos se agrandan, se acercan entre sí, se superponen y los cíclopes se miran, respirando confundidos, las bocas se encuentran y luchan tibiamente, mordiéndose con los labios, apoyando apenas la lengua en los dientes, jugando en sus recintos donde un aire pesado va y viene con un perfume viejo y un silencio. Entonces mis manos buscan hundirse en tu pelo, acariciar lentamente la profundidad de tu pelo mientras nos besamos como si tuviéramos la boca llena de flores o de peces, de movimientos vivos, de fragancia oscura. Y si nos mordemos el dolor es dulce, y si nos ahogamos en un breve y terrible absorber simultáneo del aliento, esa instantánea muerte es bella. Y hay una sola saliva y un solo sabor a fruta madura, y yo te siento temblar contra mí como una luna en el agua.

7/21/2006

Planchas


A quién no le ha pasado confundirse, pajaronearse, irse en volá y quedar en ridículo. Si uno tiene la autoestima bien puesta puede aguantar hacer un ratito el loco, pero en terrenos amorosos la tolerancia al ridículo baja considerablemente. Una trata de mantener la compostura, poner cara de "aquí no ha pasado nada" y adoptar un aire de distante misterio. Mal. Por ejemplo, el tema con toda clase de accidentes fisiológicos da como para una enciclopedia. Yo hasta he fingido un arrepentimiento feroz del tipo "¡No! ¡Esto no puede ser!" para ocultar un indiscretísimo crujido de tripas. Preferí el drama a la plancha. Otra vez tuve que cometer un acto repulsivo. Por primera vez mi Príncipe Azul, ese que no me había pescado en años, finalmente se decidía a besarme. Estábamos en una pieza a oscuras, tendidos en el suelo, cuando por un evidente mal manejo motriz mi querubín me pegó un sendo codazo en la nariz. De inmediato sentí cómo se me inundaba la boca de sangre. La reacción lógica habría sido pararse, ir al baño, contener la hemorragia, etc. Pero no: no me iba a exponer a esa situación de ridículo público. Estoicamente empecé a tragar, con tanta aplicación que mi galán nunca se enteró de que casi me deja a lo Martín Vargas. Lo peor fue cuando salió el coágulo, y me lo tuve que tragar también. Se me llenaron los ojos de lágrimas del asco. Pero al menos él nunca se enteró. Salvé digna. No siempre he tenido la misma suerte: una vez me atraganté con un mondadientes (sí, casi me lo tragué...) y escupí pollo a varios metros a mi alrededor, quedando incluso con un pedazo de pollo en la frente que fue delicadamente señalado por mi acompañante. Ajjjjjjjjj. Y para qué cuento todo esto, por qué esta catarsis pública de mis torpezas. La idea es la siguiente: ahora les toca a ustedes. Cuéntenme sus chascarrillos, propios o ajenos. Hagamos un catastro de situaciones olvidables, de esos momentos antiKodak. Porque todos hemos estado ahí, en esa situación en que te crees lo máximo, lejos lo mejor, más seductor y rico del Universo, la tan codiciada última CocaCola del desierto. Hasta que algo te hace caer al nivel de los mortales y te deja revolcándote en tu miseria. Démonos cuenta: a todos nos pasa. Así que a no avergonzarse tanto y a ser caritativo con las vergüenzas ajenas. Catarsis, ésa es la solución.

7/11/2006

Bate Bate Chocolate...


Sigo pasando por una pésima racha. He llorado hasta la deshidratación, me he quejado amargamente, he puteado de lo lindo. Todo eso ayuda, pero hay algo más simple y decoroso que nunca falla: un buen chocolate. Hay numerosos estudios que hablan de que las mujeres que comen diariamente una porción de chocolate tienen una mejor vida sexual que las que no (http://www.chocolate.org/misc/hot-chocolate.html), e incluso se habla de que un 50% de la población femenina prefiere comer chocolate a tener sexo. Yo no sé si llego a tanto, pero claramente me sube bastante el ánimo zamparme un delicioso Sahne-Nuss, un chocolate caliente bien espeso o un chocolate con avellanas. Cucharear un tarro de Nutella es una experiencia casi mística. Nada más rico que cuando la espesa pasta se pega en el paladar y hay que removerla con la lengua, para finalmente tragarla y sentir cómo va recubriendo tu garganta con una capa aterciopelada de chocolate. De hecho, por su textura untuosa es especialmente apropiada para realizar algunas proezas amatorias. Se puede esparcir en el cuerpo de la pareja, chuparla de los dedos del amante, sorberla desde sus labios, y otros usos que por decoro me guardo. Es la mejor manera de combinar gula y lujuria, siempre tan emparentadas. Y así no hay que optar entre sexo y chocolate, se pueden tener ambos al unísono y alcanzar la perfección. ¿Qué haríamos las mujeres sin chocolate? Porque este es un vicio eminentemente femenino. Conozco hombres chocolatómanos, pero conozco mil veces más mujeres con la misma condición. Desde el humilde In Kat (que malamente se puede llamar chocolate) hasta los chocolates Damien Mercier, pasando por Trencito y esas maravillas redonditas que son los bombones Ferrero Rocher, todos ellos nos hacen felices con tan poco. Incluso hay dietólogos varios que recomiendan chocolate en las dietas, de ese con 70% cacao, llenito de antioxidantes para seguir fornicando hasta avanzada edad. Así que a comer sin culpas y a saturarse de endorfinas, que un placer tan inocente no se puede menospreciar.

7/01/2006

Sed de Mall


Esta semana ha sido mala, para mí y mis amigos. He andado bajoneada, cansada, con típicos cuestionamientos sobre mi vida y llantos en el auto escuchando música bajoneante. Bastante patético todo. Nada me subía el ánimo, y entré en el ciclo autodestructivo de la papa frita y el Mc'Donalds. Hasta ayer. Mi amiga Witch me llamó para que la acompañara a la venta nocturna del Alto Las Condes y fui, recién pagadita. Habían hordas de gente, el estacionamiento estaba llenísimo, para desplazarse había que afilar los codos y olvidarse del respeto al prójimo. Cuando entré a Zara casi me asfixio. Había una fila para el probador que hacía cachirulos por el local. Cualquiera pensaría que era una tortura, pero no. Mi cerebro ya secretaba las endorfinas que me hacían disfrutar el show, toquetear todos los vestidos para encontrar el más suavecito, la polera más transparente, y de mi talla, cosa que no es trivial. Sentía un placer ancestral, mi instinto recolector ronroneaba satisfecho. Cuando la mayor preocupación es encontrar un vestido que no cueste un ojo de la cara, o arrebatarle esa polera con brillitos a esa perra que se va a llevar la última, ni importa si el resto de tu vida anda mal. Por un rato te enfocas en cosas triviales. Y cuando al fin encuentras algo qué llevarte, el placer de la labor cumplida es tibio y reconfortante. En mi caso fueron unos zapatos peluditos, de taco alto, con punta redonda y estampado de leopardo. Maravillosos y prácticamente imponibles, un objeto del deseo. Yo sé que esto es bastante incomprensible para muchos, sobre todo para los del sexo opuesto. De hecho, He-Man lo va a encontrar indignante, me imagino. Pero no saben lo que se pierden. Es superficial, sí. Y caro. Y de verdad no te arregla la vida. Pero como medida remedial inmediata, anda de maravillas. Mis amigos bajoneados no tienen cómo descargarse, lo que hace la rutina autodestructiva muy atractiva. Convengo en que hacer zumbar las tarjetas no es de lo más sano, pero al menos tengo zapatos bellos. Y por último, me gasto mi plata no más. Sigo achacada, pero apenas llegué me puse mis zapatos adorados, y los modelé delante de mi espejo, y pude sentirme el hoyo del queque por un rato. Y ahora voy a salir con mi pololo, por primera vez en mucho tiempo, porque tengo URGENCIA de ponérmelos, y arreglarme, y todas esas cosas que no hago hace rato. O sea que al menos por un ratito me voy a poder sentir con el mundo a mis pies, bajo los tacos estilizados de mis zapatos de leopardo. Y voy a tener un minuto de respiro. Para todo lo demás, existe Mastercard.

6/23/2006

La perfecta ama de casa


Leyendo un blog de un gringo escéptico, caí en un post que relataba una noticia impactante. Resulta que un leñador croata se tuvo que hacer un transplante renal. El tema es que ahora está presentando una demanda, porque recibió un riñón de mujer. ¿Y qué tiene? pensarán ustedes. Pues bien, el tipo alega que desde que le pusieron el riñón femenino que ya no disfruta saliendo con sus amigotes a emborracharse, sino que ahora ha "desarrollado una extraña pasión por labores femeninas tales como planchar, coser, lavar platos, ordenar la ropa en los guardarropas e incluso tejer"(traducido, pero sic). Que antes esperaba que su esposa hiciera esas cosas, pero que ahora lo encontraba relajante, y se sentía realizado. ¿Qué tal? Extraña pasión... Hasta lo que yo sé, ninguna mujer se apasiona por el planchado y por la limpeza de WC. Ni se siente realizada por separar la ropa de invierno de la de verano. Pero existe el mito de que no sólo estamos genéticamente diseñadas para este tipo de labores, sino que además nos fascinan. Ustedes dirán que este comentario es antediluviano, pero no se crean. Hace un par de años fui a un asado de reencuentro de generación del colegio, y algo que me llamó fuertemente la atención fue que mientras los hombres corrían detrás de una pelota (porque ahí si que están genéticamente diseñados...) el 95% de las mujeres estaban en la cocina, haciendo ensaladas. Pasé por la cocina, y todas estaban con cara de lata. Me miraron con bastante odio cuando me corrí olímpicamente de la pelada de papas. Y varios de los Ronaldinhos frustrados miraron como insinuando que era una floja por no picar cebolla. No digo que todos, pero sí algunos. Les aseguro que se habrían sorprendido si alguna mujer se quejara de haber estado encerrada desvenando apio. Para ellos, el equivalente de la pichanga masculina es encerrarse en una cocina oscura a hacer comida. Y también, ¿cuál es el afán de amargarse la vida las minas? Nadie les dice directamente que hagan esas cosas. Solitas se meten en lo que incluso ellas consideran "su lugar". Y después se quejan. Porque si no lo hacen ellas, ¿entonces quién? Ni se les ocurre que quizás nadie debería hacerlo, o el que quiera comer ensalada que se haga una. Pero no es así la cosa. Claro, si alguien quiere tomate, que lo pele una mujer. Los hombres dirán que no saben pelar tomates. Ni tomar guaguas. Ni mudar guaguas. Ni nada que sea medianamente tedioso/asqueroso/rutinario. Obviamente hay hombres que son la honrosa excepción a la regla (por suerte mi novio es uno de ellos). Y también hay mujeres que detestan cualquier labor doméstica, o que simplemente son pésimas haciéndolas. Yo no sé coser. Igual lo hago, por necesidad, pero no me queda bonito. Apenas funcional. Odio lavar cualquier cosa: platos, baños, ropa. Detesto pasar la aspiradora, jamás he planchado, mi closet es caótico, lo único que me gusta es cocinar, y eso a veces. Ergo, la cuestioncita no es genética. Por otro lado, ¿por qué un riñón de mujer le va a quitar las ganas de salir a emborracharse con los amigos? Aaaahhh, se me olvidaba: las mujeres somos caseras "por naturaleza", abstemias "por genética", quitaditas de bulla. O al menos deberíamos aspirar a serlo. ¿Machismos anacrónicos de un croata ignorante? No se crean. El hermano menor de una amiga se casó, y una de sus primeras peleas fue cuando su mujer, que trabajaba y criaba a su hija, le sirvió la comida, él le espetó que no se había casado para comer tallarines. Cáchense el perlita. Y la cosa es mediáticamente común. ¿Cuántos comerciales de detergente o lavalozas se dirige exclusivamente a un público masculino? Cosa de ver el de Suavitel. Papá y niñito se van juntos a pescar. Mamá abre la botella de suavizante Suavitel y se acuerda de su hijo. Hablan por celular. El hijo huele su chaleco, con olor al producto, y se acuerda de su mamá. O sea, todo el mundo emocional de la pobre mina pasa por el suavizante de ropa. Y se puede inferir que su olor corporal ya es el mismo que el de Suavitel, y por eso el niño la recuerda. Puaj. Y lo peor de ese estereotipo es que muchas veces somos nosotras las que lo perpetuamos, las que nos encerramos en una cocina en vez de pedir colaboración masculina. Si a veces nos pasamos de tontas.

Para el que quiera revisar el post original: http://skeptico.blogs.com/skeptico/2006/01/hes_a_lumberjac.html

6/17/2006

Quien te quiere te aporrea


Acabo de enterarme de que una prima mía se separa. Eso no debería asombrar a nadie, nunca me gustó su marido. El tema es el motivo de la separación. Resulta que esta especie de kuchen desabrido le pegaba con bastante frecuencia. Un ojo morado fue la gota que rebalsó el vaso. La hermana menor de esta mujer ya estaba separada por el mismo motivo. Ambas mujeres son de buena familia, con plata, profesionales ejerciendo su profesión (odontóloga e ingeniera comercial). Pero igual aguantaron un tiempo siendo golpeadas. Y eso ya se escapa absolutamente de mi comprensión. Porque es bien distinto decir "me pegó" a "me pegaba". Puedo entender el "me pegó". Yo no podría asegurar que nunca nadie me va a pegar. Quizás alguna pareja, en alguna circunstancia, me pegue. Pero eso sería. Una sola vez, debut y despedida. La prolongación del sufrimiento es algo que de verdad no entiendo. Pero habría que estar en ese moreteado pellejo para saber qué es lo que impulsa a las mujeres abusadas a seguir al lado de los abusadores. Supongo que hay costubre, vergüenza, miedo, y algo parecido a un retorcido síndrome de Estocolmo. Ejemplo de esto es esa mujer a la que su pareja le quemó los genitales con un alicate al rojo, todo para que ella saliera hablando en su defensa y lo fuera a ver a la cárcel los escasos días que pasó detenido. Al final a ese tipo le dieron pena remitida... Por suerte hubo escándalo y se falló de nuevo, para que pase algún tiempo en cana. Hubo lesiones graves de por medio, fue un acto premeditado y alevoso (ella estaba durmiendo cuando él la atacó), pero la pena es de un par de añitos no más. Sale más barato pegarle a la propia mujer que a un desconocido en la calle. En vez de sanciones se aplican medidas de restricción que nadie fiscaliza. Así es como la mayor parte de los femicidios son a manos de la pareja, y en gran parte de ellos ya mediaba una orden de restricción. Es indignante cómo las mujeres estamos desprotegidas, y eso que somos una minoría del 50%. Violadas, golpeadas, abusadas, maltratadas. Y lo más perverso es que muchas veces nosotras mismas somos las que validamos este tipo de conducta ya sea con un asentimiento explícito o con nuestro silencio. Es siniestro: estamos a merced de cualquiera que tenga mayor fuerza física. La ley no nos apoya. Los que nos deberían proteger no nos creen. Y la sociedad completa no acusa recibo. En la radio cantan "y si ella no se porta bien, dale con el látigo", "hey mami si te portas mal con el palo te voy a castigar". Y pasa piola. Si en vez de mujeres dijeran negros, o judíos, ardería Troya, por discriminación e incitación a la violencia. Pero todos se ríen y encuentran que una es una feminista amargada si se ofende por un chiste machista. Díganme ustedes: ¿cuántas veces han dicho un chiste de negros delante de un negro? ¿O de gallegos delante de un español? ¿O de judíos delante de un judío? Y ahora piensen, cuántas veces han dicho algún chiste machista delante de una mujer. Piensen, cuántos consideran abuso las ofensas verbales en la calle, gratuitas, de alto contenido sexual que cualquier desconocido se siente en el derecho de proferir. A mí me han seguido varias cuadras diciéndome obscenidades. Pero eso queda impune. El agarrón, el manoseo. Todo eso es una forma de abuso. Se parte por lo más pequeño: darse cuenta de que no por ser mujer se está en una categoría inferior. Y nosotras, las mujeres tenemos que dejar de comportarnos como minoría oprimida, dejar de avalar o justificar el maltrato en cualquier forma. De ahí para adelante queda un camino largo, como sociedad. Ojalá logremos recorrerlo.

6/02/2006

El salto del lemming*


* Pequeño roedor del Artico, que según cuenta la leyenda se suicida tirándose de un precipicio si su población crece demasiado.

Hoy ando más dulce que de costumbre. Debe ser que vengo saliendo de un resfrío, y todavía ando hipersensible. Melancólica. Y me dieron ganas de hablar de lo bueno, de lo que hace que hombres y mujeres aguantemos neuras varias, disgustos, enojos y enfurruñamientos. Todo lo malo de la relación hombre-mujer da lo mismo comparado a la sensación de enamoramiento, el minuto exacto en el que caemos redonditas. No sé cómo será esto para los hombres. Y tampoco sé tanto cómo es para las mujeres. De ese momento no se habla muy claramente, no sé si porque es algo muy privado o porque el terror a la siutiquería nos lo impide. Tal como dice un amigo, las palabras relacionadas al amor suelen ser feas. Por eso, cualquier siutiquería o cuafería, les ruego perdonarla. Pero quiero hablar de ese momento en el que todavía no ha pasado nada, pero se huele en el aire que se viene algo importante. Esa espera tensa, en la que la piel llega a doler un poco, como queriéndose escapar para ir a encontrarse con la piel del otro. En ese instante uno toma consciencia de cada milímetro cuadrado de piel expectante, siente el calor del otro aún cuando esté a medio metro de distancia, ensancha la nariz para capturar hasta la última molécula de olor del cuerpo deseado. Los músculos se tensan, sin decidirse entre dejarse ir y simplemente hacer la primera movida o contener todo movimiento, negando toda cercanía, esperando. Y entonces empieza una serie de acercamientos imperceptibles, milimétricos, calculadísimos, camuflados habitualmente por una conversación cada vez más trabajosa. Hasta lograrlo: el roce inicial, que en cualquier otra circunstancia habría pasado desapercibido, pero que en este estado de hipersensibilidad se siente como un relámpago en los nervios. Todo luego es irreversible, y apenas los labios se rozan, viene esa sensación tan inmensa, que muchos han descrito como mariposas en el estómago, pero que tiene mucho de nudo, de vacío, de canasto de anguilas vivas. ¿Cómo no va a valer la pena? Por eso la Naturaleza es sabia, y nos permite olvidar un poco ese minuto, para no transformarnos en infieles compulsivos. Esa sensación enorme se reemplaza después con algo dulce y tierno, la tibia comodidad de la costumbre, tan mirada a huevo. Yo encuentro impagable buscar con mi pie en la cama sabiendo que voy a encontrar el pie de mi novio para trenzarme con él. Pero quizás esto se termine de la manera más dolorosa posible, una nunca sabe. Y es ahí donde el recuerdo de los primeros momentos surge con toda su fuerza, y hace que una se rearme y siga buscando. Sin la memoria de esos minutos adrenalínicos del inicio, quizás una tiraría la toalla con más facilidad y dejaría de buscar para evitar sufrir de nuevo. Pero seguimos, como el conejito Duracell, transformados en lemmings que saltan alegres al abismo.